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EXPEDICIÓN A LAS MONTAÑAS DE KODAR EN SIBERIA (RUSIA)
AGOSTO 2009
Raúl Bernal y Félix Gómez.
Siete días son los que hicieron falta para llegar al salvaje Valle de Sakukan. Interminables horas de vuelos, relajantes días en el transiberiano y un movido viaje en camión todoterreno alimentaban las ansias de pisar aquella zona llamada por los nativos “terra incógnita”. Fue en Irkutsk donde conocimos a Andrey y su familia: Natalia su mujer y Elvira su hija (las personas que se encargarían del campo base) y donde montamos en el tren más famoso del planeta, para viajar durante tres días con sus tres noches hacia Chara, la última población de nuestro recorrido hasta la cordillera Kodar.
Pasear por Chara era un continuo abstraerse a las viejas historias rurales que me contaba mi padre sobre aquellos tranquilos y felices años 50 vividos en el campo. Todo poseía ese barniz que pinta el tiempo sobre lo que envejece y perece; los vagones, las estaciones, los coches, las calles, los rostros… Abandonar la civilización para adentrarse en lo salvaje conlleva unos riesgos que extrañamente saboreaba a medida que el camión todoterreno se adentraba en la espesura del bosque. La posibilidad de rescate, en caso de tener algún accidente, en aquellas montañas era nula. No había helicópteros ni grupo de rescate en aquellos Lares.
El camión atravesó bosques por donde ni siquiera existía camino, cruzó ríos con la facilidad de un barco y ascendió y descendió por pendientes que exigían asir el asiento con fuerza para no salir despedidos. Ya en el valle, donde el camión no podía continuar, comenzamos a portear todo el material de expedición hacia un lugar idóneo para establecer el campo base. Un viejo, angosto y en ocasiones inexistente camino, salpicado de viejos y podridos puentes de madera, nos condujo por el margen derecho del río Sakukan hasta una pequeña zona limpia de matorrales. Era el lugar perfecto para el campo base.
No sabemos si fue la novedad de nuestra presencia, la climatología especial de aquellos días o la falta de ahumado de nuestras ropas, lo que atrajo, durante los primeros días, a tan agresivos mosquitos. El fuego calentó nuestras manos aquella extraña noche. Eran casi las once de la noche y que buen día hacía, era increíble la luz que había a esa hora. A la mañana siguiente decidimos adentrarnos en otro valle, deseábamos explorar, escalar, andar, todo menos esperar y tener la sensación de perder el tiempo. Félix y yo atravesamos el río con el agua hasta la cintura y porteamos más de cuarenta kilos de material durante seis horas de auténtica selva alpina. Una variedad rastrera de pino retenía nuestro paso a fuerza de continuos enganchones y zancadillas. Pero mereció la pena tanto esfuerzo. El valle que se abrió ante nuestros ojos calmó, de repente, nuestros agotados músculos.
Jamás vislumbre picos tan afilados en los Alpes ni en las zonas en las que escalara anteriormente. Cascadas de turbias aguas salpicaban aquí y allá las empinadas paredes, que se elevaban majestuosas para proyectar sus gigantescas sombras sobre nuestro nuevo camino a seguir. La vegetación disminuía a medida que ascendíamos de altitud para dar paso a pastos salpicados de pequeños bloques de granito. Decidimos colocar la tienda en lo alto de una loma y descansar cerca del principio de otro de los numerosos valles anexos al Eksa. Encendimos un fuego para la cena y observamos con ojo clínico las paredes que nos rodeaban. Aquella luz de oscurecer proyectaba las innumerables sombras que producían los incontables bloques sueltos que formaban las enormes tapias. Era una mala señal. Las paredes que nos rodeaban estaban descompuestas. Todo se rompía. Los aludes de rocas resonaban en la lejanía como rugidos de advertencia para quienes osaran ascender por las empinadas paredes, rompiendo así su inmemorial virginidad. Al amanecer decidimos desmontar la tienda y portear el material más arriba, al final del valle.
Tras un duro día acampamos en una gran explanada custodiada por un circo de paredes impresionantes. El hielo y la nieve se mantenían en estrechas canales y pendientes donde el sol no calienta nunca. La vegetación se quedó muy atrás, como si no osase quitar protagonismo a las altas cumbres. De todas maneras, son pocos los seres vivos que sobreviven a los 50º c bajo cero del largo invierno y al lento avance de la morrena que expulsa toda vida de su superficie. Fue en ese momento cuando comencé a sentirme explorador de una zona remota y salvaje. La soledad de aquel lugar, lo remoto y lo hostil que podía llegar a ser el terreno que nos rodeaba embriagaban a cualquier ser humano que se reconozca a sí mismo como amante de la naturaleza en su estado puro. La roca seguía siendo mediocre, ambos aceptamos que todas las paredes de la cordillera sufrían el mismo mal. Las variaciones de temperatura destrozan con paciencia los naturales monumentos que se elevan en la cordillera.
Hacia el este, a unos cientos de metros de nuestra tienda, se alzaba nuestro primer objetivo. Un pico prominente, cuyo costado era atravesado por una afiladísima arista, llamaba nuestra atención. Al día siguiente no se nos resistió. El frío y lluvioso día que nos acompaño no nos detuvo en nuestro empeño, ni tampoco nos detuvo la descomposición de la roca. Comprendimos que las escaladas que emprendiésemos en esta cordillera serían fáciles en cuanto a técnica pero terriblemente expuestas en cuanto a la calidad de la roca, sabíamos que en la mayoría de tramos, la cuerda seria un estorbo peligroso y lo mejor sería ascender con ella al hombro. Y pronto llego la cima y desde esa cima vislumbramos la siguiente. El valle acababa cerrado por unas cuantas cimas escarpadas entre las que sobresalía una por su forma triangular, mas tarde, Félix bautizaría esta montaña con el nombre de Pico Mediterráneo.
Escalar este pico fue toda una aventura. A cada paso se producían desprendimientos que a su vez producían avalanchas de rocas bajo nuestros pies. Todo parecía moverse cuando lo tocabas. Los últimos metros exigían muchísima observación y templanza para superar, sin cuerda, el tramo más vertical de la vía. Ya en la cima el sol destensó nuestros nervios. Acabábamos de salir de una sombría y desecha cara norte. Félix y yo coincidimos en que podíamos sentir sensaciones similares a las vividas por los grandes exploradores y aventureros. Al dirigir mi mirada hacia el norte y observar el vasto imperio de afiladas puntas que dominaban el horizonte, desfilaban por mi cabeza grandes hazañas de grandes personajes, Amundsen, Behring, Livingstone. Me sentía orgulloso. En pequeña medida yo tenía algo en común con aquellos hombres y en un mundo en el que casi todo está medido, fotografiado y estudiado yo podía sentir el haber explorado una zona virgen del planeta, una zona en la que un buen fuego y un afilado cuchillo son amigos de los que no puedes prescindir. La puntiaguda cima no ofrecía demasiada tranquilidad. En cualquier momento todo se podía ir abajo, como en un castillo de naipes.
Quedaba bajar y había que hacerlo rapelando. Destrepar lo escalado habría sido un suicidio. El martilleo de los clavos producía resonantes vibraciones en toda la cima. Nos costó tiempo encontrar un buen bloque para ubicar los clavos, aun así, era mejor descender rápido. Y así lo hicimos. Descansamos y en un par de días volvíamos a estar en el campo base donde Andrey había sustituido la compañía de la familia por la del vodca. Su mujer y su hija se habían marchado andando a Chara, era un territorio demasiado salvaje para ellas. Así que los tres celebramos las cimas escaladas. Una de las cimas que sobresalía por encima del bosque que nos rodeaba pareció llamarme. No se si fue el cocktail que nos preparo Andrey a base de vodca o fue la magia de las montañas lo que hizo que me enamorara a primera vista de aquella cima, pero aquella tarde sabía que ese sería el Pico Jumilla.
Y como marinero seducido por el canto de las sirenas, fui arrastrado hasta sus faldas atravesando de nuevo un sinfín de aventuras y peligros; dos intensos días de lluvia nos incomunicaron del campo base cuando instalamos un campamento de altura, un gran oso merodeaba por las noches alrededor de la tienda. Nos alimentábamos gracias a bayas que aprendimos a recolectar y unos pocos frutos secos que teníamos, cruzamos pantanos cuyas frías aguas nos llegaban por encima de la cintura. Troncos hacían las veces de puentes para cruzar ríos que con violencia nos hubiesen arrastrado a la muerte….Pero mereció la pena…Brillaba el sol con fuerza cuando hondeaba la bandera de cumbre en mis manos. Fue una ascensión bonita y fácil, cosa que necesitábamos después de tan ajetreados días. Las vistas eran maravillosas, de ensueño. Podíamos divisar el Pico Mediterráneo desde la cima jumillana, la profundidad del Valle de Eksa y la inmensa “Terra Incógnita” del norte.
Sabíamos que ya no nos quedaban más días para poder explorar más valles. Teníamos unos cuantos días para descansar y hacer una visita a un Gulaj cercano al valle de Sakukan. Así que nos despedimos de corazón de tan bello valle.
“Como escalador, centrado en ascender rutas técnicas y complejas, había olvidado que la naturaleza salvaje puede ofrecer aventuras tan intensas o más que la escalada y que dejarse embriagar por los peligros de la madre natura, es sin duda, la mayor aventura del montañero”. Espero volver encantadora Siberia. Raúl Bernal
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